
CIENCIA CELESTE PERÚ
Reunión de varios hermanos 5 – Flora Torres, Ricardo Flores, Susana Rosas, Olga León
Chorrillos, 27 de noviembre de 1986
(Perú)
[Continuación 5]
—Ricardo Flores: A la pastelería Rovegno. Entonces el hermano Fonseca volteó y me dijo: El hermano está suspendido en el aire y lo quedaba mirando. Y entonces nuestro divino Redentor le dijo que me transmitiera el encargo que me estaba dejando. Entonces, el hermano Fonseca cumplió con las indicaciones de nuestro divino Redentor donde me instruía cómo yo debía pedir las cosas en el futuro, en su ausencia. No sé qué otra pregunta quieran hacer los hermanos.
—Hermano: [Ininteligible] el hermanito Luis?
—Ricardo Flores: No. Les quiero decir esto: El hermano Fonseca, junto con la hermana Susana y el que habla, nos dedicamos a la búsqueda por muchos años de la verdad. El hermano Fonseca se impuso, y le ofreció a nuestro divino Redentor leer íntegramente el evangelio y discutirlo especialmente con hermanos médicos. Así que el hermano Fonseca pasó un año, sufrió durísimas pruebas, enfermó casi de muerte, y por la gracia de nuestro Padre volvió a recobrar la salud después de mucho tiempo, pero terminó de leer el evangelio, el Antiguo y el Nuevo Testamento. El hermano Fonseca, pese a que yo le di LO QUE VENDRÁ, le leí LO QUE VENDRÁ. Primero le leí 50 títulos de LO QUE VENDRÁ, le di para que leyera, el hermano Fonseca no reconoció a nuestro divino Redentor. Eso es todo lo que le puedo decir, las razones, ¿por qué?, no las conozco.
—Hermano: Mientras el hermano un poquito descansa y va recordando un poquito, le voy a pedir a la hermanita, en primer lugar, Flora y después la hermanita Olga, que también informen sobre su testimonio, den a conocer sus…
—Flora Torres: Bueno hermanitos, que podría decir yo, si soy la última de las hijas de nuestro divino Padre. Yo llegué cuando Él estaba mal, no tenía experiencia de curar, pero una afición sí, a cada hermanito que encontraba, lo curaba. La primera vez, al año, la hermana Olga me dijo: Hermana Flora, ¿no quisiera conocer a un hermanito especial que habla muy lindo, es distinto… No, no, no, no, porque seguro es vegetariano, yo no quiero ir, y no fui. Al año vino otra vez y me dijo: Señora Flora, ¿se acuerda que le hablé de un hermanito especial? —Sí. [Ininteligible] ¿Enfermo? —Sí. —Lléveme. Y yo he sido… De aquel tiempo que la hermana, ya por segunda vez [me dijo], fui. Y no dejé [de ir], fui insistente, insistente. Cuando lo conocí, le dije: Hermanito, ya lo conocí, me quedo con usted. Ya hermana —me dijo—. Y desde entonces no me desprendí, hasta ahora. Gracias a su divina misericordia, a su divina ayuda… mucho me enseñó, pasé pruebas, yo me confesé ante Él. No sé si el hermano Quique estaba, el hermano Facho, la hermana Olinda, el hermano Antonio, y le abrí mi corazón y le hice muchas preguntas. Como yo no lo reconocí como nuestro divino Maestro, solo me presenté ante un hermano que lo sentía que era un ser superior y que lo amaba, por eso es que le dije… abrí mi corazón y lloré mucho y le dije que yo había caído en pecado porque yo no quería a los curas, no sabía ni siquiera [de la] misa, era un mono de repetición, entonces Él me respondió: Hermana, no has caído en pecado, porque a sotana, ponle la A, y acentuación al último, ¿qué te da? Esa palabra me puso llena de alegría: ¡Hermanito!, ¿no he caído en pecado? No —me dijo—. Yo no quiero ir al infierno, yo quiero ir al purgatorio porque alguna vez quiero ver a la divina Madre, porque ahí seguro la veo. Y me dijo que sí. Y así sucesivamente muchas cosas fueron pasando, y llegó un momento en que el divino Maestro, estando yo sentada en uno de los días, porque solo tres noches lo acompañé [a atenderlo]. Una vez me quedé con la hermana Olinda, al día siguiente amanecí coja, me dolía la pierna, no podía ni caminar: ¡Ay!, me duele mucho mi pierna, pero aun así seguía. Y dos noches me quedé con el hermano Facho. En una de las noches que me quedé, me despierto y el divino maestro, que no lo había reconocido, me quedó mirando: ¿Hermana?… Una ¡hermana! que me libró todo mi cuerpo, toda mi materia tembló de amor y yo le dije: Hermanito, ¿quiere ir al baño? Si, hermana. Me levanté a ponerle sus zapatos, y yo con Él, era tanto el amor que sentía, le decía: ¡Agárrese! No ve que yo no lo reconocí. Agárrese hermanito, agárrese, no se vaya a caer. Y le daba la mano para que entrara… Y en una de esas Él, en su infinita misericordia, una tarde que estaba ahí solita con Él, se levanta su sábana para limpiarse, y yo me acomodé a limpiarlo, y al bajar la sábana vi al divino Redentor. ¡Cristo Jesús! ¡Padre Eterno! ¡El divino Redentor! ¡Cristo Jesús! ¡Ay, hermanito! Como es blanco y delgadito, igualito a nuestro divino Redentor, así dije. Pero Él, en muchas cosas se ha hecho presente, mas, como yo no había leído nunca las escrituras, porque la primera escritura [que] encontré me la regalaron y yo le comenté sobre este caso: Yo tengo una Biblia que dice: Dios llega al hombre. Hace rato —me dijo—.
[Risas]
—Flora Torres: Así me contestó Él: Hace rato —me dijo.
—Hermano: ¡Hace rato ha llegado!
[Risas]
—Flora Torres: Entonces yo dije: ¿Sí, hermanito? —Sí. —¡Ay!, yo no le entiendo. Pero comencé a leer su Biblia de Él. Entonces ahí me sentaba, porque ya desde que lo conocí no me aparté. Y venían a buscarme de mi casa, les decía: No, yo me he mudado, ahora vivo acá. Ya no quiero ir, me quedo acá. Y ahí me tenían… Entonces Él… ¿Cómo le puedo decir, hermanos?, no sé, dentro del mundo le llaman chismosa, pues yo era una chismosa con Él. Porque todo lo que veía, todo, iba y le contaba. Era un niño, un niño era el hermanito. Ah, sí, esto que dice la hermana Susana y el hermano Ricardo, Dios que todo lo escucha, yo llegué como siempre venía, a las 7 de la noche y las 7 de la mañana. Ese día llegue a esa hora, justo, y me dice la hermana Olinda con el hermano Antonio, me dijo: Hermana Flora, ya los rollos han sido entregados, el divino Padre, dice, al hermano Ricardo. Yo no sabía qué eran rollos, no sabía. Yo vi uno, pero no entendía. Entonces yo fui y le pregunté: Hermanito Luis, dice que los divinos rollos han sido entregados al hermano Ricardo: Sí. Dicen que se quieren quedar con los rollos porque yo oí, a los hermanos [brujos] que fueron a curarlo, ¿se acuerda?, que, ella llorando, los dos, ella, la hermana llorando ante el hermano Antonio, dijo: Me han dicho estos hermanos que nosotros queremos matarlo para agarrar los rollos. Yo me asustaba pues, no sabía qué es lo que me decía, entonces yo fui y le dije al divino Maestro, le dije: Hermanito Luis, ¿verdad lo que dicen?, que dicen que se quieren quedar con los rollos y que… Y me dijo… y que no [ininteligible]… Sí —me dijo—, sí, pero, el hermano Ricardo tiene los minirollos. ¡Ah ya!, hermanito.

El hermano Ricardo con un minirrollo (Captura de pantalla de YouTube, crédito: Juan Suárez)
—Flora Torres: Aún más, me dijo que el hermano Antonio tenía 300 años de retraso por segundo. No, no, no recuerdo el segundo, sino 300 años de retraso. Cómo yo no sabía nada, hermanos, entonces yo no sabía que —era algo, como si estuviera hablando con usted en todo, igualito era. Inclusive ha habido momentos en que el divino Maestro me llamó la atención. Una de ellas fue, que hubo un hermano, posterior, que vino de [ininteligible/Ica], que era su tío de una hermanita que trajo la hermana Susana, vi que le estaba diciendo: Acérquese. Pero yo me había olvidado los lentes. Entonces le digo: No, pero, él ya sabía quién soy. Entonces me dijo: Pero acérquese. Y yo, cómoda: No, que la religión católica no me han… no sabía… Por la Biblia, no se leer la Biblia, la religión católica… No —me dijo—. Usted no pidió —me dijo—. Hermanito… ¡Uf!, sufrí por eso mucho. Pero Él, llegó un momento en que todos estaban reunidos, o sea, el hermano Facho, creo que el hermano Quique no estaba porque se había ido a Trujillo. El hermano Facho, la hermana Susana, la hermana Olinda, el hermano Antonio. Y Él tenía una soguita para incorporarse. Yo, como me sabía última, yo me quedé en el baño, entonces, cuando iba… la hermana Olinda, fue a cogerle, le dijo: No, el divino Padre dice, el Padre Jehova dice que la hermana Flora me coja. Entonces, cuando mencionó esto, yo he adorado la frente de nuestro divino Maestro, sus manos inclusive, y llegué, como a las 7 de la mañana yo tocaba: ¡Tan!, ¡Tan!, la puerta y el reloj dando las horas, las 7, puntual, puntual. Una vez yo fui a cumplir con el divino Maestro y la hermana Olinda estaba en el techo, pero no me abrió la puerta. Yo preguntaba, desesperada, había un zapatero ahí y le decía: Por favor, no me dicen si están acá, han salido. No —me dice— yo he visto a los chicos. En eso, me he acercado y sentí la tos de Él, una tos, así: ¡cof, cof! ¡Aquí está el hermanito! Entonces, cambié de toque, a mi mente, cambié de toque, ya no hice el mismo toque que tocaba: ¡Tan!, ¡Tan!, ¡Tan!, ya no. ¡Ta, ta, ta, ta, ta, tan!, toqué, y miró. Le di tiempo, entonces: Hermana, ¡hace rato que le tocaba! ¡Ah, hermana!, estoy lavando, ya bajo. Entonces, ella no me quiso abrir la puerta. Cuando ella bajó, yo le dije: Cómo lo dejan solo —le dije— si está enfermo. Entonces de ahí la hermana ya, media que…

Última foto del divino Maestro ya fallecido. Nótese la escalera que da al segundo piso
—Flora Torres: No sé si usted estaba ahí, hermano Quique, cuando un día… Eso sí, el divino Maestro, como sabía qué hija soy, Él en su infinito amor me ayudaba. Un día estábamos arriba, con la hermana Carmen, que me iba invitar… No sé qué compró la hermana Carmen, como yo recién la había conocido, y yo iba y el hermano tosió, ¿se acuerda? Y yo bajé rapidito, dejé todo, porque me iban a dar café, todo. Bajé, rápido, entonces ya me quedé a su lado. Me olvidé de que me iban a convidar… ¡nada!, ¡nada!, ¡nada! Después otra vez yo estaba —cómo le digo— necesitaba plata, 2000 soles. Pero, esto les cuento para que vean de que cómo llegué, en qué grado de ignorancia. Ya, más voy a decirle, soy un 8. Pero con mucho amor Él se me manifestó, el abrigo que yo llevaba se llenó cuando yo amanecí acompañando, ya cuando Él había, como se quiere decir, partido, fui a mi casa, me saqué el abrigo y me quedo mirando, mi abrigo era, toditito [ininteligible] era puro brillantes, toditito. Yo me asusté porque no sabía. ¡Ay hermanito Luis! Yo no sé qué es esto, ¡ay! [ininteligible] temblé. Pero antes de eso, a Él, estaba su boquita cerrada, y ahí estaba el hermano Fonseca, todos, el hermano Ricardo, y me acerqué [al ataúd] y se sonrió, y al tiempo de que Él estaba caliente, porque yo llegaba a curarlo, se levantó las manos así, como uniéndolas. Y yo les decía a los hermanos: ¡No!, porque entonces no va a poder entrar al cajón, si se quedan así, no entran. No comprendí…
—Hermano: ¿La unificación?
—Flora Torres: Claro, la unificación. Después: ¡Martha, cierra la puerta!, porque yo veo cosas acá, en esto [brillantes], seguro es la luz, qué raro. Igualito. Me voy al baño y me siento, y los querubines que yo no comprendía que Él… todo el piso ¡ay, ay! ¡No ve que yo no sabía? Hermanito, ¡ay Dios!, no puedo así. Pero Él se ha manifestado muchas veces en donde he ido, su olor se ha hecho presente. ¿No ve que yo lo estaba curando? ¡volaba! ¡volaba! [a curarlo]. Y un día, ahora comprendo que fue el tentador que no me dejaba [ir], no me dejaba, y yo me voy, y se pasó un poquito, y me dijo así: Hay que ser exacto. Suficiente, ¡suficiente! Yo esperaba, miraba el reloj para llegar y tocar la puerta, gracias a Dios todopoderoso, tocaba la puerta y las campanas sonando ¡Tan, tan!, las 7. Ya sentía Él, y [yo] entraba. Un día, estaba el hermano Facho y el divino Maestro estaba orando. No sabía, estaba con sus manitos atrás, y paso a saludar, y me dijo: Está orando, y me agaché. Entonces Él, así, muchas cosas, muchísimas cosas, gracias a su divina misericordia, he ido viendo, teniendo experiencias dentro de mi imperfección, ¿qué más les puedo decir, hermanos?, solamente que llegué a curarlo, vi, el interior de nuestro divino Maestro, porque hasta sus costillas se le veían. Yo no lloraba delante de Él, pero Él, que lo ve y lo escucha, yo entraba al baño ¡y lloraba!, de vuelta me lavaba la cara para que Él no me vea. Mucho lloraba. Hermanos, cuando la hermana Susana trajo un file [papeles con transcripciones de la Ciencia Celeste] el primer file que recibí, inmediatamente yo reconocí al Señor y comencé a leer las escrituras. Y desde entonces estoy en los minirollos, y de ahí, solo el Padre es el único que sabe. Ahí me quedo. Doy a Dios, todopoderoso…
—Hermano: Una pregunta: ¿usted dice que estaba presente cuando el hermano murió?
—Flora Torres: Yo no estuve presente. [Ininteligible] el hermano Ricardo dijo: Fue la hermana Olga, la hermana Susana, y el hermano Ricardo, y esta hermana que habla, que nosotros hemos salido como a las 12, 12:30, por ahí. Yo le digo: Hermano, nos quedamos. Yo le dije: Hermana, quisiéramos quedar, y ella me dijo…
—Hermano: ¿Lo vio partir con Facho?
—Flora Torres: Él sí. Porque al día siguiente, cuando yo llegué, ahí estaba el hermano Facho. Y vi que la hermana Olinda quiso ponerle… Esto recuerdo porque no sabía ni de colores, ni nada, yo no sabía nada absolutamente, pero ellos quisieron ponerle un pantalón negro al divino Maestro, y el hermano Facho dijo: ¡No! ¿Cómo van a ponerle un pantalón negro? —le dijo—. Yo no sabía qué eran los colores, yo he venido a saber ilustrándome, pero esa es la verdad. Yo no vi… Pero yo cuando llegué estaba calientito todavía, le besaba sus manos, todo… porque era mi hora que yo llegaba para poder curarlo, pero cuando ya partió [ininteligible]. Después un momento también me dijo: ¡Hermana!, una hermana blanca creo, una señora, una hermana, que eran amigas, que son amigas creo [de Olinda], no sé…
—Hermano: [Ininteligible]
—Flora Torres: Ya, ella llegó y dijo: Nadie le va a hacer nada, porque le hermana Olga, conmigo, nos íbamos para llevarle su dieta. Entonces, no sé, como vinieron esos hermanos a curar [brujos], esta hermana agarró y dijo que nadie, ¡nadie, nadie le iba a…! Y dijo: Adentro hay, hermana, un pedazo de gallina para que lo haga. Entonces abre el Frigidaire [refrigeradora] y veo negro, yo salí: ¡Oiga hermana! ¿Eso le van a dar de comer al hermanito Luis? ¡Qué barbaridad! ¡Bótelo a la basura! Porque yo no sabía, ¡era negro, negro! ¡Imagínense!
—Susana Rosas: Sí, hermanos. Yo he podido constatar que la hermana [Olinda] le daba así, una olla con agua, un pedazo así, de una pierna negra, apio y una zanahoria. Y yo le dije: Hermana, ¿para quién es eso? Esto es para el hermano Luis. Y, sin embargo, todas las cosas que compraban los hermanos, su mesa llena con todas las cosas que el hermano Ricardo le compraba, toda la semana, se lo comían ellos. Otra cosa, yo quiero decirles algo muy importante, que el hermano Luis me dijo que había que leer de todo, todo hay que leer, de todo. Porque yo he escuchado a unos hermanos, me dicen que les han prohibido que lean ciertas cosas. No, el hermano Luis me dijo que había que leer de todo, y eso yo les he hecho partícipes a las hermanas, hay que leer de todo, no hay que limitarse, para poder defender lo del Padre uno tiene que estar preparado en todo, porque si no, no sabemos, estamos limitados… el hermanito Luis. Y otra cosa muy importante. El hermano Luis me dijo: Hermana, ¡Nada de lo que digan los hombres va a ser! ¡Nada de lo que digan los hombres va a ser! Por si acaso, les voy avisando, porque usted sabe cómo es el tentador y tantas cosas. Y yo tengo la obligación de decirles lo poco que sé, que por algo me dijo. Y otra cosa que dijo: Nada, nada —me dijo— nada de grupos, me dijo el hermano, nada de grupos, cada uno en su casa a leer la Divina Revelación. Claro que si nosotros por nuestro libre albedrío nos reunimos, es para hacer, propagar la difusión, pero no así con mandos ni con hermandades ni con nada de esas cosas hermanos, por si acaso.

Buda, Alá y Moroni, autores de libros sagrados cuyos nombres están escritos dentro de Los Rollos del Cordero de Dios. …Otra cosa, yo quiero decirles algo muy importante, que el hermano Luis me dijo que había que leer de todo, todo hay que leer, de todo…. (Susana Rosas)
—Olga León: Hermanos, cuando conocí a nuestro divino Cordero de Dios, era una hermana que vivía muy de espaldas de nuestro divino Padre, criada en el catolicismo, pero, nunca me nacía ir a templos, a iglesias ni tener ídolos en mi casa, no me nacía, no hacía sino imitar a lo que otros hacían. Por decir, llegaba la fiesta del señor de los milagros y la novelería de la fiesta, me invitaba con otra amiga, iba, pero no era algo que mi espíritu me pedía eso. Y siempre me preguntaba y decía: ¿Por qué seré así, Dios mío, tan a espaldas a Dios? ¿Quién seré?, me preguntaba sola, mentalmente, no voy ni a misa. Pero no, ya debo de ir a misa. Así es que fui, después ya [ininteligible], estaba en la misa y de inmediato me salía de la misa porque me aburría la misa, no podía resistir otra parte más, o que continuará, o si llegaba tarde y continuarlo la siguiente misa, me sentía incómoda y salía del templo. Y así fue mi vida, me casé joven, mis hijas ya crecieron, y como poco me había divertido, en la forma del mundo, en la mentalidad, entonces dije ahora me toca divertirme, porque vine a vivir a Lima, porque soy de Trujillo, sola crie a mis hijas, no tuve ayuda de mamá, de hermanos, de nadie, entonces, cuando mis hijas ya crecieron, dije: Mis hijas ya están grandes, ahora me toca divertirme, me iré con mi esposo a divertirme. Eso sería pues, no llegó ni un año. En mi casa vivía mi sobrino Quique, el hermano Facho y otros sobrinos de mi esposo, vivían en mi casa. Así es que, por esa época, en ese tiempo, que mi espíritu me pedía divertirme, les dije a ellos: Vayan a comprarme una entrada, que iba a haber una función en un teatro. Entonces, fue Quique con Facho a comprar las entradas porque si íbamos iba a ser muy tarde, quizás no iba a lograr entrar, entonces, para ganar tiempo los mandé a ellos después de almuerzo. Entonces yo los esperaba, llegaba las 6 de la tarde y ellos no llegaron, llegaron cerca de las 7 de la noche y yo indignadísima, que por qué me habían hecho, si yo pensaba ir a la vermut. Entonces me dijeron: Tía —me dicen— no, no, tía, no te molestes, ¿sabes? acá en Lazo hemos conocido a un hermanito que habla de los platillos voladores, y habla cosas muy bellas, y dice las cosas que van a venir después, del fin del mundo. Me hablaron así, en esos términos. Ah, ¿sí? Toda la cólera que tuve se me fue, entonces fui a la función, pero yo me sentía intranquila, ya me sentía yo intranquila, y para mi ya no era diversión lo que iba a ver, sino en mi mente giraba lo que ellos me habían contado. No veía las horas que acabe, que termine la semana porque ya no podía atendernos hasta el próximo domingo. Yo desesperaba que llegue el domingo, así que llegó el domingo, así que fuimos con mis sobrinos a conocer al hermanito que traía… que enseñaba los platillos voladores, los daba a conocer. Como era ignorante en todo, porque nunca había leído la Biblia, el hermanito me hablaba, me hablaba y yo no entendía nada. Entonces, Él comprendiendo, que yo no le comprendía, porque nada había leído, me miró y me dijo: ¿y usted no habla? Entonces yo lo quedé mirando y sentí cierto —digamos— vergüenza. Así es —me dijo— es porque nada sabe. Sentí mucha vergüenza. Pero desde que lo conocí sentí un amor tremendo por Él, un amor tan infinito que continuaba yendo, así, con todo lo que me dijo, seguía yendo, llevaba amigas, amigas de mis hijas para que escuchasen lo que nos enseñaba. Y yo siempre lo miraba, lo miraba que Él miraba hacia una esquina, entonces Él me decía: Se está proyectando. Yo no entendía qué será proyectar… pues pensaba. Entonces, así, hasta que, conversando con Facho, porque ellos iban a leer, les dije, a mi sobrino le dije: Oye —le dije— ¿Él es Cristo Jesús?, ¿Él es Cristo Jesús? Sí, señora —me dijo Facho— sí porque en todo donde leemos dice: Sí hijito, sí hijito. ¿Él es Cristo Jesús? Entonces, un día fui para conversarle, para confesarle todos mis errores de mi vida, entonces Él, conociendo lo que yo iba a manifestarle, me dijo: Usted tiene que leer eso, me enseñó el file de los títulos. Entonces me habló en esa tarde —recuerdo que fue una tarde— me habló cómo iba a ser el juicio. Me habló de tal manera que me desesperé, me asusté, regresé a mi hogar, los convertí en vegetarianos de la noche a la mañana, dije: De hoy en adelante no me comen carne nadie. Cogí mi carreta, me fui al mercado, lo llené de puras verduras, ya no sabía ni qué hacerles: sopa de verduras, frejoles con tortilla, le repetía, le volvía a dar lo mismo…
[Risas]
—Olga León: Yo decía: ¡Dios mío! ¿Y qué más se comen con vegetales? Entonces: ¡Ay no!, —dije— yo no puedo ser vegetariana, porque es difícil. Y mi espíritu sentía mucho temor por lo que Él me había hablado, palabras vivientes de nuestro divino Cordero, que eso estremece nuestro espíritu. Tenía un miedo…
[Fin de la grabación]