Conversatorio del hermano Ricardo Flores Herrera

Chorrillos, 14 de enero del 2009

Por Juan Suarez (Perú)

—Hermano: …dice que Él hacía uno o dos rollos diarios. Después de hacer uno o dos rollos diarios, ¿aparte alguna otra actividad?

—Ricardo Flores: Disculpe hermano. Lo que yo puedo decirle es que nuestro divino Redentor hacía uno diario, que significa, como usted puede ver acá [señala un minirollo] la escritura, la pintura, el dibujo, y además, a veces hacía algo más de otro rollo. Eso es lo que yo sé.

—Hermano: Hermano, esto se llama: Te ganarás el pan con el sudor de tu frente. Ahora, en el mismo cassette, Él habla de que si le caía algún trabajito — supongamos en electrónica o algo así — Él iba. Puede ser algo ya…

—Ricardo Flores: Muy eventual. Pero en esta ciudad de Lima nuestro divino Redentor estaba dedicado a tiempo completo a la divina revelación.

—Hermano: Muchos hermanos discuten, le acusan de que Él no trabajaba.

(Discusiones múltiples)

—Ricardo Flores: Hermano, por principio, mire: La telepatía viviente es la escena de nuestro divino Redentor que nuestro Padre le dictaba. Nuestro divino Redentor veía la escena y escribía, ¿se da cuenta? Y escribir sin regla y sin rayas, a letra de imprenta ¿usted qué tiempo cree que puede demandar? Yo le diría a algún hermano si se ha tomado el trabajo de tratar de imitar lo que hizo nuestro divino Redentor —se hubiera ganado grandes cantidades de puntos por imitación— para que pudiera explicar. Porque los hermanos todo quieren. Quieren, ¿sabe qué, hermano?, todos los hermanos son cómodos, quieren todo, critican todo, pero ellos [ininteligible] en nada. Entonces, esto es un trabajo enorme, y este es un minirollo, ¿sabe lo que significa escribir un rollo grande que tiene 1.10, 1.05 metros de largo, y tiene 75, 80 cm.? Porque era de acuerdo al papel que se conseguía acá en Lima. ¿Usted sabe lo que es escribir así? Entonces, tiene… Yo pienso que los hermanos, antes de lanzarse a preguntar, tienen que hacer trabajar su mente, pensar, y no lanzarse a criticar. ¡Si no saben! Lo importante es, analicemos nosotros, ganémonos el pan con nuestro sudor de frente.


—Hermano: Hermano, pero si nosotros mismos leyendo nomás, estamos que nos dormimos. Él mismo, en la revelación, el mismo Maestro dice que se siente como un dulce sueño.

—Hermano: Hermano, pero hay una versión [ininteligible] la vez pasada le dijimos. Había una versión de que, hasta él sostiene [Antonio Córdova Quesada] de que el divino Enviado lo hacía en 12 minutos [los rollos].

—Ricardo Flores: Pero hermano, eso…

—Hermano: Ya que estamos aquí para abordar eso sería bueno aclararlo

—Ricardo Flores: Yo lo único que le puedo decir, es que en las conversaciones que he tenido —por gracia de nuestro Padre con nuestro divino Redentor en ningún momento yo sé que se hicieron en 12 minutos. Sé, por nuestro divino Maestro, que un rollo diario era, y que a veces hacía algo más.

—Hermano: De repente quisiera agregar algo más a tu pregunta. Como dice el Padre, el que busca encuentra. La hermana Carmen Tasso también dijo del hermanito, que ha vivido las experiencias [ininteligible] del divino Maestro, a su lado ha estado ella también —recién, primera vez me enteré— que Él hacía uno al día, todo el día hacía los rollos. Y dice ella, que igualito, como cualquiera de nosotros, cumple con la ley terrenal, ley humana, ni más ni menos. Él es el primero en cumplirla.

—Ricardo Flores: Nuestro divino Maestro, cuando estuvo encarnado en esta ciudad de Lima, mientras estuvo encarnado como Luis Antonio Soto Romero, cumplía las leyes humanas, pese a ser primogénito solar Él cumplía las leyes humanas.

—Hermano: Hermano, ¿y qué tiempo estuvo en el Callao, en esa casa?

—Ricardo Flores: Más o menos entre 7 y 8 meses. Exactamente no le puedo decir, pero continuando con la permanencia. Ya les explico que en el Callao, durante todo el tiempo que habitó esa casa, se alimentó única y exclusivamente de frutas. ¿Qué frutas? Salíamos nosotros de esta dirección, de Buenos Aires, íbamos al mercado del Callao, que estaba ahí, estaba muy cerca, y ahí habían —el Callao está muy bien surtido de frutas, había de todo— Él consumía de todo tipo de frutas, ya sean toronjas, naranjas, plátanos. Todas las frutas, de la estación especialmente, todo fresco. Y las frutas, hermano, nunca vi una fruta, en los fruteros —porque habían lindos fruteros que se usaban antes de pie, con una mesa arriba, estaba llenecito de frutas, una sobre otra— jamás vi una fruta malograda. Eso que habían [ininteligible].


—Hermano: O sea, que las frutas se encontraban frescas.

—Ricardo Flores: Igual.

—Hermano: Tal como las compraba.

—Hermano: Hermano, disculpe, a raíz de qué surgió de que se alimentara de frutas. O sea ¿quién lo sugirió? ¿no se acuerda?

—Ricardo Flores: Nadie sugirió. Usted sabe que nuestro divino Redentor tiene su libre albedrío.

—Hermano: O sea, Él lo recibió del Padre, por decir la…

—Ricardo Flores: Hasta ahí no he ingresado hermano. Yo he sido siempre —le digo— muy temeroso y respetuoso de nuestro divino Padre y nuestro divino Redentor.

—Hermano: Sí, pero le digo de alguien salió [ininteligible] como no nos leemos la mente [ininteligible] de ahí salió eso de comer frutas, supongamos.

—Ricardo Flores: Debe ser su libre albedrío, hermano.

—Hermano: ¿En esos 7 u 8 meses cuántos rollos escribió, promedio?

—Ricardo Flores: Uno diario. A razón de uno diario.

—Hermano: ¿200 rollos hermano?

—Hermano: Sí, más o menos.

—Ricardo Flores: Más o menos. Yo exactamente no le puedo dar… Yo no he apuntado, los acontecimientos eran tan rápido, y la mente de uno iba tan rápido.

—Hermano: ¿Un promedio de 200 láminas habría escrito en el Callao?

—Hermano: 240 puede ser. Si respetamos uno al día.

—Ricardo Flores: Pero más o menos. Usted nunca diga exacto, porque todo es relativo por principio, dice nuestro Padre. Entonces, durante el tiempo que estuvo en el Callao, como le digo, las visitas que recibía, conjuntas, la hermana Susana y el que habla.

—Hermano: Y luego el hermano gatito.

—Ricardo Flores: Y cuando ya habíamos ingresado…

—Hermano: Llegaba el gato.

—Ricardo Flores: El hermano gato también se paseaba muy tranquilo. Pasaba entre nosotros tranquilo y se iba, subía al techo otra vez. A veces lo veíamos en el techo que nos estaba mirando.

[Risas]

—Ricardo Flores: Y así, recuerdo que en el tiempo que estuvo nuestro divino Maestro en el Callao, parte cogió el verano, los meses de enero, febrero y marzo.

—Hermana: Perdón, las frutas se compraban ¿era una vez a la semana?

—Ricardo Flores: Sí, las frutas se adquirían una vez a la semana en el mercado del Callao. ¡Eran frutas lindísimas! parecían que precisamente, en el mercado, en ese sitio que comprábamos, ¡qué belleza! Recuerdo unas toronjas, parecían terciopelo. O sea que, mire, ese pedido que habían hecho las hermanas frutas de ofrecerse de alimento. Era una belleza. Y recuerdo que los aparadores de la… porque era un comedor tan grande, habían varios aparadores, vitrinas, tenían espejos, y las frutas se proyectaban en el espejo hermano, y yo me quedaba mirando la belleza de las frutas.

—Hermano: Esos acontecimientos que ha pasado el hermano.

—Ricardo Flores: ¡Uy hermano, lindo! Entonces, un día en la tarde decidimos, con la hermana Susana: ¡Vamos a ver, vamos a visitar a nuestro divino Redentor en el Callao! ¡Muy bien! Salimos con destino al Callao, y sería entre las 3:30 más o menos de la tarde, tocamos la puerta, porque Él siempre se presentaba por la puerta falsa, era una puerta [ininteligible] ¡tremendo portón! Entonces entramos por la puerta falsa: ¡Oh! —Nos recibía siempre lleno de cariño—. ¡Hermano! ¡Cómo está! Una felicidad que nosotros la absorbíamos también, porque compartíamos. Primeramente, nos sentíamos felicísimos de irlo a ver, porque nosotros sabíamos a quién íbamos a visitar, nosotros sabíamos perfectamente bien. Entonces, un día llegamos, serían entre esa hora, a las 3:30 de la tarde, porque generalmente las otras visitas la hacíamos en la mañana. ¿Sabe por qué lo visitábamos de mañana? Para poder ir al mercado y conseguir la fruta antes de que sea manoseada y estropeada. Por eso, nuestra visita para la adquisición de frutas era en la mañana. Pero esto fue una visita en la tarde. Entonces, fuimos, nos abrió la puerta, nos recibió con alegría, amor, la felicidad de siempre, porque nuestro divino Redentor siempre irradió ternura, amor, alegría, paz…

—Hermano: Su amistad era alegre.

—Ricardo Flores: Todo, todo, todo. Siempre era así, y sabiduría, sobre todo gran sabiduría. Entonces, nos hizo pasar por la cocina, entramos, nosotros vimos la cocina y dijimos: Hermano, ¿qué está cocinando? La hermana Susana, que es la más preguntona [risas] le dijo: ¡Hermano! ¿qué está haciendo acá! —He hecho unos refresquitos—. Así que ingresamos hasta el comedor y después nosotros decíamos: ¡Qué calor! ¡Qué sed! —Entonces, les invitaré un vaso de refresco—. ¡Preparado por nuestro divino Maestro! Miren, nosotros en ese momento no nos dábamos cuenta que estaba preparado por nuestro divino Redentor, sino era la felicidad que compartíamos, o le preguntábamos, nos hablaba del hermano gato, ver el trabajo que hacía. Y como sentíamos calor nos ofreció un vaso de refresco a cada uno. Entonces, tomamos el refresco. ¡Era una delicia, delicia, delicia! El vaso era grande y nos quedamos satisfechos, no como para pedir otro más, quedamos satisfechos. Terminó nuestra visita, salimos de la casa por el mismo lugar que habíamos entrado y cuando tomamos el auto los dos nos hicimos esa misma pregunta. La hermana me dice: Hermano, ¡¡qué rico!! —¡Eso es lo mismo que te iba a decir yo hermana! ¡¡qué rico!! ¡¡qué rico!!— Pero hasta ese momento no se nos vino en mente de pensar de que, ¡¡cómo no iba a ser rico si había sido preparado por nuestro divino Maestro!! Ya regresamos cada uno a su casa. Después fue que vino a mi mente: ¡Cómo no va a ser rico, si el mismo…

—Hermano: El mismo magnetizaba los alimentos seguro.

—Ricardo Flores: Exactamente. Esa fue la bebida deliciosa que tomamos. ¡Un vaso grande era! ¡Uy! tomábamos, tomábamos… ¡Ah, qué sensación!

—Hermano: O sea que se saciaron ahí.

—Ricardo Flores: Hecho de manos nuestro divino Maestro.

—Hermano: Hermano, antes que se me vaya tengo una pregunta. ¿Dicen que sabían algunos problemas —no todos—, que pasaban dentro del hogar del hermano Córdova con el divino Maestro? Ahora, para que Él se traslade al Callao hubo unos problemas, ¿no es cierto? ¿cuáles fueron esos?

—Ricardo Flores: Los problemas, hermano, yo le voy a decir. Yo, primeramente, por respeto, temor y respeto a nuestro divino Redentor, y después, por no intervenir en la vida de los hermanos Córdova, yo nunca pregunté. Yo sabía —¡por los hermanos!—, pero con nuestro divino Redentor jamás conversamos de esto. Yo sabía, por eso es que ofrecí eso.

—Hermano: Tampoco el hermano Luis hizo algún comentario.

—Hermano: Dicen que Él no contaba.

—Ricardo Flores: No.

—Hermano: Él calladito —dicen—, Él no decía.

—Ricardo Flores: Siempre alegre, siempre humilde, siempre feliz por lo que recibió.

—Hermano: Y nunca se quejaba —dicen.

—Ricardo Flores: Jamás.

—Hermano: Y yo quisiera… eso que le pasó, esa experiencia de cuando los llevaba a pasear del catalejo, ¿eso?

—Ricardo Flores: Ah. Voy a terminar con cómo se retiró del Callao. Después de transcurrido este tiempo, más o menos que le acabo de señalar, la casa la necesitaba la empresa —yo les dije que esa no era mía—. Entonces, consecuentemente, yo le dije a nuestro divino Maestro, le digo: Mire hermanito —yo lo trataba así, hermanito—, le decía: La empresa —Él sabía, después le contaré también varias cosas sobre la empresa— entonces le digo: Van a necesitar la casa porque la van a ocupar. Algo que es cierto, la ocuparon. ¡Ya pues hermano, no hay problema! Así que llegó, le dije… Yo en ningún momento le señalé fecha, sino nuestro divino Redentor, Él señaló su día, la hora y todo. Se recogieron los muebles y ahí retornó a la casa del hermano Córdova, del Callao. O sea, que ha habido un lapso largo en que nuestro divino Maestro no habitaba en la casa del hermano Córdova. Es más, no solo durante su estadía desde que llegó al Perú, hasta que nuestro divino Redentor desencarnó, no fue la casa del hermano Córdova la única, como acabo de demostrar, y que los invito a los hermanos, a visitar en el Callao, para yo poder demostrar y poder tener más elementos de juicio para poder conversar, o para poder intercambiar opiniones, o lo que crean conveniente. También nuestro divino Redentor —cuando tuve la oportunidad -de conocerlo— también fue en una conferencia que daba en Los Halcones, en la casa de unos hermanos [Juan Espejo y Rosalía] y ahí estaba alojado. Y anteriormente había estado alojado también en Chaclacayo, en la casa de la hermana Rosa Ludeña.

Calle los Halcones 404, Surquillo. Casa donde estuvo alojado Luis Antonio Soto Romero (4° piso según narra Antonio Córdova Quezada) y donde Ricardo Flores y Susana Rosas conocieron y reconocieron al divino Maestro al decir: Soy el que Soy. (Crédito: Google Maps 2013)


—Hermano: También habla en los divinos rollos que estaba en Túpac Amaru, en no sé dónde.

—Ricardo Flores: Ahí no sé…

—Hermano: También habla en los divinos rollos, también ha estado ahí.


—Ricardo Flores: Entonces, ya usted ve que ha habido diferentes lugares…

—Hermano: Hermano, y esos 240 rollos, ¿se fueron también a la casa del hermano Antonio?

—Ricardo Flores: Usted dice 240, yo no he dicho.

—Hermano: Se ha confirmado, un aproximado.

—Ricardo Flores: Nuestro divino Redentor, donde Él iba, iba con sus rollos, con sus libros de los títulos, con todo. Él nunca se… dejaba la… Todos, todos, todos los rollos y los cuadernos de los títulos, siempre que iba los transportaba, los llevaba con Él.

—Hermano: Hermano, si el Enviado tenía problemas con el hermano Antonio, ¿por qué tuvo que regresar nuevamente a su casa?

—Ricardo Flores: Mire, hermano, yo no le puedo decir, porque le acabo de manifestar que yo, con nuestro divino Redentor, nunca hemos conversado sobre este asunto. No le podría conversar, si no sabía la razón por qué se fue, menos porque regresaba.

—Hermano: Yo entiendo que el Hermano no era… o respetaba mucho —digamos…

—Ricardo Flores: Yo realmente… Yo nunca he tocado eso, para mí era muy delicado. Y además, el temor y el respeto de nuestro Padre, yo he sido siempre temeroso y respetuoso, durante… he estado al lado de Él, me ha permitido nuestro divino Padre, nuestro divino Redentor, estar al lado de su divino Hijo tres años y medio, de diario. Pero hay cosas, que cuanto más usted lo conocía, mucha más delicadeza, mucho más amor, pero más… de respeto. Es una sensación que a usted no le permitía ni siquiera preguntar. 

—Hermano: ¿Se acuerda usted el año de que estuvo en el Callao?

—Ricardo Flores: Exactamente el año no, ni los meses, pero fueron ese lapso de tiempo. Pero si puedo llevarlos, como les ofrezco, para que ustedes conozcan la casa porque hasta hoy está.

—Hermano: ¿Tiene algunas amistades ahí en esa casa?

—Ricardo Flores: No.

—Hermano: Son extraños.

—Ricardo Flores: Ya esa casa pasó a otras manos, hoy día no. Esa empresa se deshizo ya de la casa.

—Hermano: Hay una información cruzada sobre Los Halcones, ¿eso queda en Surquillo o queda en San Isidro?

—Ricardo Flores: Eso queda en San Isidro. Queda cerca al gimnasio de Mauro Mina, en los Paujiles, cerca a los Paujiles. Quiere decir: República de Panamá y Aramburú, yendo hacia República de Panamá, de Lima, a la derecha. Es una casa grande.


—Hermano: ¿Nos puede facilitar la dirección exacta para más adelante?

—Ricardo Flores: Tendríamos que ir más bien…

—Hermano: Para demostrar que el Enviado ha estado acá, en Lima, en varias casas.

—Ricardo Flores: Podríamos ir, no hay problema.

—Hermano: Tenemos una tarea ahí.

—Ricardo Flores: Claro.

—Olga Meléndez: Teníamos que hablar del restaurante. Del restaurante donde lo llevaba…

—Ricardo Flores: Ah, ya. La hermana me dice una… ¿Cómo fue, a ver? La hermana ha hecho un relato, ¿podría repetir hermana Olga?

—Olga Meléndez: De que hasta ahora sigue intacto, el restaurante donde usted lo llevaba diario a nuestro divino Redentor [El Tambo], incluso las plantas están secas, pero todavía estaban vivas, digamos, secas porque no le echan agua. Y los maceteros que están fuera sí están regados parece diariamente. Y nadie lo toca, están intactos, y ya son varios años de eso (+30 años).

—Ricardo Flores: Bien hermana. Nosotros —digamos— cuando, a las 7 de la noche pasaba a recoger a nuestro divino Maestro para salir, Él acostumbraba, primeramente, a tomar un refrigerio, entonces salíamos de la casa… Eso se producía cuando estaba el Hermano en la casa del hermano Córdova. Entonces, salíamos de la casa del hermano Córdova y nos dirigíamos a donde ustedes bien conocen. En la Avenida Arequipa existía en aquella época un lugar de servicio a los vehículos que es el Tambo, no sé si alguno lo recuerda.

—Hermano: El Tambo de la Avenida Arequipa.

—Hermana: Por el cine Roma.

—Hermano: Sí, por donde está el cine Roma.


—Ricardo Flores: Ahí. Yo lo recogía a las 7 de la noche. Nuestro divino Maestro siempre tenía un sitio especial en el auto, siempre iba en el asiento derecho, adelante del chofer. Les digo esto porque muchas veces la hermana Susana también viajaba en el mismo auto. Entonces, salíamos de la casa del hermano Córdoba y nos dirigíamos de frente al Tambo. En el Tambo, como ya diariamente íbamos, siempre que llegábamos, el sitio que ocupábamos era el mismo, siempre estaba desocupado.

—Hermano: Curioso, ¿no?

—Ricardo Flores: Y les voy a decir una cosa. Ustedes saben que en el Tambo iban parejas también. Entonces, nosotros siempre estábamos afuera, nunca entrábamos donde estaba el resto de hermanos, siempre era el [ininteligible] inmediato a la calle. Así que cuadrábamos el auto ahí y en el mismo auto nos servían. Y era también, siempre nos servía el mismo hermano, acá le llamamos mozo, pero es el caso que siempre llegaba y el hermano siempre nos conocía, y ya nos era tan familiar el trato diario. Entonces, apenas se acercaba el hermano, nuestro divino Redentor le decía: Ve las que todo es mentira… [risas] Así le decía. Entonces, ustedes dirán por qué. Primeramente, el apellido del hermano es Velásquez. Velásquez lo descomponía: Ve-lás-que todo es mentira. Entonces, el hermano Velázquez siempre nos atendió con mucho cariño el refrigerio que tomábamos. Ahora, ustedes van a preguntar —antes que me pregunten— ¿en qué consistía el refrigerio? El refrigerio consistía… Siempre nuestro divino Redentor pedía lo que en ese momento le apetecía. Entonces le decía yo: Hermanito, ¿qué se sirve? A ver, a ver, a ver, a ver, a ver, a ver, a ver… Así decía, siempre con esa psicología de niño, decía: A ver, a ver, a ver… ¡Ah, ya! ¡Una ensalada! ¿En qué consistía la ensalada? Una fuente, lechuga recién preparada, porque ahí también parecía que era viviente la lechuga, tomate y cebolla recién picada, de la roja, esa cebolla arequipeña para el Hermano.

[Risas]

—Ricardo Flores: Venía full, así (muestra con las manos). Y yo hermano, no estoy acostumbrado a comer la cebolla así, recién cortada, y yo siempre observando a nuestro divino Redentor: ¡Cómo va a comer eso! La primera vez me impactó.

[Risas]

—Hermano: ¿La cebolla con limón o así…?

—Ricardo Flores: Con limón. Le traían su limón. Así que a veces usaba el limón y a veces no lo usaba. Pero generalmente, todo lo que le traían, nunca regresaba nada, se cumplía: Los humildes son los primeros. No quedaba nada, ni una hojita de lechuga, nada, ni una molécula. Después, la hermana Susana pedía a veces sanguches. En aquella época todavía… A veces, cuando hemos estado, al principio comíamos carne, hermano. Nosotros decíamos un sanguche de… ¿A ver, para usted, qué toma…? Los primeros meses —que no sabíamos—, un sanguche de lomo —decía.

[Risas]

—Ricardo Flores: Y en la medida que fuimos aprendiendo —porque ya la instrucción— entonces ya fuimos cambiando, eliminamos la carne. Entonces ya empezamos… Porque después del lomo pasamos al pollo, sanguches de pollo, y después pasamos a huevo duro, sanguche de huevo. Después ya pasamos al queso, hermano. Entonces, ¿se dan cuenta la transformación?

—Hermano: Gradual.

—Ricardo Flores: Gradual. No ha sido pues una transformación abismante, sino así. Y cada día… Y durante el tiempo, en que recogíamos a nuestro divino Maestro de la casa del hermano Córdova a las 7 de la noche, hasta que regresábamos —que después les voy a decir que ruta se hacía— hasta que regresábamos de nuevo a la casa del hermano Córdova, volvíamos más o menos 10:30, a veces 10:40, a veces 10:45 de la noche, y todavía nos quedábamos conversando en la puerta, en la puerta de la calle, cuando ya… Generalmente, a mí era el que me daba sueño, hermanos. Mira hermano, mi materia, yo pues, qué cosa, un pecador igual que todos nosotros, recibir las divinas vibraciones de nuestro divino Maestro. Mi materia ya no daba más, hermano, se me cerraban, se me querían cerrar…

—Olga Meléndez: Porque también estaba cansado de tanto trabajar.

[Risas]

—Hermano: ¿Él sabía?

—Ricardo Flores: Él sabía antes de que yo tenga el sueño. Pero usted sabe que todos estamos en prueba, un mundo de prueba. Entonces, inmediatamente que decidía bajar a dormir, inmediatamente yo me bajaba del carro, y lo acompañaba hasta que tocaba el timbre e ingresaba a la casa del hermano Córdova. Jamás, jamás lo he dejado en la puerta de la calle, no, jamás. Porque a veces la puerta de entrada, como es una quinta, había que tocar la puerta y estaba cerrada. Entonces, después de que tocábamos la puerta, ingresábamos por el pasadizo hasta llegar a la puerta del hermano Córdova, tocábamos la puerta, ingresaba. Entonces, nos despedíamos con la alegría, igual como nos habíamos saludado cuando llegaba, nuestro divino Maestro se iba a dormir y yo me regresaba, desde Lince hasta donde vivo actualmente.

—Olga Meléndez: Que ni cuenta se daba que llegaba a su casa.

—Ricardo Flores: En la ruta que hacíamos, después de que se tomaba el refrigerio, era: de la avenida Arequipa al Tambo, nos dirigíamos siempre a buscar la playa. Nuestro divino Maestro siempre, su lugar de preferencia era el mar. Entonces, íbamos hasta la Avenida del Ejército y ahí está el Mercado de Productores de San Isidro, o lo que es hoy día el estadio de Miraflores y el Estadio de San Isidro, ¿no hay una bajada? Eso antes se llamaba helipuerto, no era estadio, porque de ahí salían los helicópteros a auxiliar a nuestros hermanos que estaban ahogándose o tenían algún problema. Entonces, bajábamos —y esa es una bajada con curvas y contra-curvas, y bien pendiente…

[Se produce un corte]

—Ricardo Flores: …Del Tambo nos dirigíamos a la playa, hacia el Mercado de Productores de San Isidro, porque en aquella época, lo que es el circuito de playas, ahí comenzaba, ahí comenzaba el circuito de playas. Entonces, tomábamos la curva, la contra-curva hasta llegar al nivel del mar donde seguían unas pistas que eran antiguas. Entonces, en varias noches yo venía observando que, al tomar la curva, siempre veía, lo en aquella época se pensaba que podía ser un lucero, otros decían que era el planeta Marte. De veras, ¡tremenda bola grande que me llamaba la atención!, siempre me llamaba la atención. Pero yo me comía la [lengua] por preguntarle… no le preguntaba. Hasta que cierto día vi el lucero —que podíamos decir en ese día— que estaba acá, con dirección al mar, pero hacia el oeste. Entonces, bajamos, caminamos todo eso y llegamos acá a Chorrillos, por eso es la razón que estamos en Chorrillos, después les cuento por qué. Entonces, llegamos a Chorrillos, dábamos la vuelta, alrededor del malecón, y siempre nos parábamos dentro del carro, ahí. Y en verano generalmente bajábamos al malecón, ahí hay una [ininteligible] donde termina el malecón de Chorrillos. Entonces, ahí nos conversaba, nos seguía instruyendo, dando, instruyendo, porque no hablábamos de nada que no fuera la divina Revelación. Aquí no hablábamos de otra cosa, salvo algunas preguntas que eventualmente se hacían. Pero todo era enseñanza de la divina Revelación. Entonces, ahí nos parábamos, y de ahí se ve La Punta pues, se ve toditita La Punta.

—Hermano: ¿Desde Chorrillos?

—Ricardo Flores: Desde Chorrillos. Lindo era.

—Hermana: ¿Eso ya es el malecón?

—Ricardo Flores: Sí, en el malecón ya, cuando habíamos descendido. Entonces, una vez, una noche… Voy a terminar el relato primeramente del lucero. Cuando llegamos a Chorrillos, y yo vi que el lucero… Yo me quedé… ¿Qué cosa, estoy desorientado? Pensaba que había perdido la orientación. Porque fíjate, yo había visto acá, que estaba, y vamos a Chorrillos y lo encuentro acá. Dije: ¿Qué cosa?, pero si hemos caminado paralelamente al mar, ¿cómo puede ser que esté acá? ¡No puede ser! Ahí fue que me animé a preguntarle.

—Hermano: ¿Ya no aguantaste la curiosidad? [risas]

—Ricardo Flores: ¡Ya no, ya no! ¡Estaba desorientado hermano!

[Risas]


—Ricardo Flores: Y resulta que este lucero, que hemos visto acá, lo vi allá, de entrar, y ahora está acá. Ah sí, hermano. ¿Cómo es eso?… no sé. Me dijo: ¿Tiene usted catalejos? Sí —le digo— si tengo. Y me dice: Si tiene traiga para mañana ver pues cómo es.

[Risas]

—Ricardo Flores: Así que yo más rápido que inmediatamente, yo tenía esos 50 x 50 [ininteligible]. Así que al día siguiente no veía la hora de enseñarle el catalejo. Fui… lo recogí, con esa ansiedad de saber. Entonces, tomamos el refrigerio y nos veníamos acá de nuevo a bajar al circuito de playas, pero antes del circuito de playas, pasando un grifo —allá hay un grifo—, había una explanada que permitía sacar el carro. Entonces… ¡Ahí está! ¡Ahí está! —le dije— ¡Ahí está! ¡Ahí está! Porque yo estaba más inquieto. ¡Ahí está el lucero!… Ah ya, hermano… Me cuadré. ¿Ha traído el catalejo? Si hermano. A ver. Lo saqué de la caja. Entonces, nuestro divino Redentor empezó a mirar, y mientras miraba me dijo: Los hermanos que están allá nos están escuchando.

[Risas]

—Ricardo Flores: Para mí fue lo más impresionante.

—Hermano: ¿Primera noticia?

—Ricardo Flores: Primera noticia: Nos están escuchando. Y me dice: Y ellos tienen su televisor también igual que acá. —¿Sí? — Sí, nos están escuchando. Yo nunca dudé nada, siempre tenía absoluta fe, fe nunca me faltó. Ah sí —le digo—. Sí, nos están escuchando. Así que… A ver mire hermano. Me lo puse, era tan potente la luz que llenaba todo el catalejo, ¡Sólo se veía luz! Así que…

—Hermano: Los hermanos dentro estarían sonrientes.

[Risas]

—Ricardo Flores: Date cuenta, hermano, que yo, junto con nuestro divino Redentor, yo mirando con catalejos, no sabía cuál era la televisión solar. Ahí me explicó que era la televisión solar.

—Hermano: Poco a poco fue [ininteligible].

—Ricardo Flores: Claro, entonces ahí me dijo: Hermano, allá es así, lo que es arriba es abajo —me dice— acá [ininteligible] los televisores, [ininteligible] parte de la televisión solar. Entonces, ya no saqué mi catalejo hermano, bajé, me dio vergüenza…

—Hermano: ¡Te diste cuenta!

[Risas]

—Ricardo Flores: Me guardé mi catalejo y no fui ni más…

—Hermano: Buena lección, aprendiste rápido.

—Ricardo Flores: En el acto, hermano.

[Risas]

—Hermano: Puedes hacer una película ahí…

[Risas]

—Ricardo Flores: Nos vinimos acá a Chorrillos.

[Ininteligible]

—Ricardo Flores: Nuestro divino Redentor no se alteraba, siempre igualito, ni te demostraba como que sabía, nada, nada. Tu mente es la que sabía, admiraba la sabiduría, pero nunca [ininteligible] con toda sencillez y humildad que explicaba que entendía cualquiera. Así que ya nos vinimos acá, nos seguía ilustrando y regresamos. Yo no veía la hora en regresar porque estaba más avergonzado hermano.

[Risas]

—Ricardo Flores: Así que regresamos a la casa. Entonces, conversando hasta me vino sueño hermano, todo me vino completo. Me dice: Hermano, ¿la colita?… Sí —le digo—.

—Hermano: ¡Ah, la colita!

—Ricardo Flores: De ahí lo acompañé, guardé mi catalejo, ni más hermano.

[Risas]

—Hermano: ¿Hasta el día de hoy?

—Ricardo Flores: Y ahí empezamos la enseñanza para poder conocer los platillos.

—Hermano: Sobre ese punto hermano, ¿puedo abreviar algo? En el libro celeste está —si es que no me equivoco— hay tres naves que lo cuidan a Él, a donde va, no se apartan.

—Ricardo Flores: Otro día veníamos pues por ahí, otra vez por el malecón. Así que la hermana Susana le dijo: ¡Hermano, vamos a bajarnos acá! —frente al club que está en Miraflores, en la parte baja—.

—Hermana: ¿El Huayquiqui?

—Ricardo Flores: ¿Huayquiqui se llama? Donde está hoy día el hotel que está en la costa… La Rosa Náutica. La Rosa Náutica está acá y acá está el club. Entonces, no había la pista que hay ahora, la pista era puro hueco, rompemuelles y todo era hueco, eran otras épocas, hace 18 años esto, o 19 años. Entonces, nos bajamos ahí y estábamos mirando, era verano. Cuando en eso vemos que del mar venían luces, verdes, de todo color. ¡Pero bajito! Inmediatamente —No habíamos visto, nunca había visto— cuando de repente se venía… ¡Nos quedamos callados! La hermana Susana… Perdimos el habla de ver que se venía, pero bien bajo. Era un divino platillo. Entonces, pasó como a 4 metros de nuestra cabeza, una nave larga, enorme… Y nosotros dijimos ¡se va a estrellar contra el cerro! Porque el cerro está ahí nomás. Entró… ¡No se movió ni una piedra hermano! Nosotros estábamos esperando que ruede algo, ¡tremenda nave! ¡No se movió nada! Esas experiencias no se pueden olvidar, ni puedo cambiar una cosa por otra. Porque muchos hermanos dicen: Usted siempre repite igual. Pero si es la vivencia que he tenido, ¿cómo me voy a olvidar?

—Hermano: ¡Claro!

—Hermano: Lo sabe porque lo ha vivido pues.

—Ricardo Flores: ¡Claro! Yo les cuento lo que he vivido

—Hermano: El que dice siempre la misma cosa dice la verdad pues.

—Ricardo Flores: Es la misma cosa. Pero, con la hermana Susana nos miramos los dos. ¡Ni una piedra hermano!, ¡nada, nada!, pero… eso parece imposible. Una nave tan grandaza. Y así chiquitos nosotros, nos estábamos cubriéndonos por si se chocaba contra el cerro, y entró por el cerro y no sonó nada. Entonces le dijimos: Hermanito, qué cosa es eso, ¿será un platillo porque [ininteligible] ¡Ah!, si lo vi… Pero no nos daba mucha información. ¡Te ganarás el pan con el sudor de tu frente!

[Risas]

—Ricardo Flores: Y después, mucha luz ciega. Entonces, todo era muy gradual. Todas las enseñanzas recibidas, durante esos tres años y medio de largo ha sido muy gradual.

—Hermano: En forma lenta.

—Ricardo Flores: Muy lenta la manera que íbamos conociendo. Entonces, ya empezamos a conocer qué era un platillo. Por eso es que ahora, por la gracia de nuestro Padre, salimos al Universo Expansivo Pensante [ininteligible] el cielo, entonces, es fácil, por la gracia de nuestro Padre, reconocer cual es nave y cual no es nave. Entonces, también ahí nos enseñó, me dijo: Hermano, el que mira al infinito, gana puntos de infinito.

—Hermano: Eso está en una ley, un título.

—Ricardo Flores: Y entonces me dijo: Mire hermano, el infinito tiene mucho poder. En el divino juicio final mucho cuenta que el infinito abogue por usted… Y ahí no me pierdo el infinito. Esa fue una de las primeras enseñanzas que recibí de nuestro divino Redentor. O sea que, yo los títulos no había leído.

—Hermano: Hermanito, el infinito tiene mucho poder, ¿qué más le dijo?

—Ricardo Flores: Y que en el juicio final abogaría por mí el infinito.

—Hermano: En el juicio final aboga…

—Hermano: Sí, en un título está más o menos, casi igual.

—Ricardo Flores: Claro, pero en esa época, usted tiene que pensar que los títulos… no estaban en mi poder… eran inéditos, no estaban en mis manos. Yo, lo que recibía, por gracia de nuestro Padre, la enseñanza de todo lo que estaba ahí.

—Hermano: En forma verbal nomás.

—Ricardo Flores: Claro, en forma verbal. Entonces, otra noche hermanos, nosotros estábamos acá en Chorrillos, estábamos parados ahí, donde termina el malecón, cerca, allá, al cerro —porque ahí era donde nos parábamos— y estaba en esa noche nuestro divino Redentor, la hermana Susana y yo. La hermana Susana conversaba, cuando yo sentí una necesidad de voltear. No sé, algo… Y entonces, yo estaba parado así, conversando, y en eso volteo, acá, y en eso veo, a nivel del macro [ininteligible], y con sonido: ¡Bufffff! ¿Qué será? Esto es lo que nosotros presentamos en nuestros folletos (muestra un folleto). Esta fue la primera visión que tuve, así, igualito, se desenrolló un rollo.

—Hermano: ¡Enorme!

—Ricardo Flores: ¡Enorme!, igualito, así (muestra un folleto con un rollo abierto).

—Hermano: ¡Un rollón!

—Hermano: Sí, pero, en blanco creo, ¿no?

—Ricardo Flores: En blanco y negro. No veía yo más que en blanco y negro.

—Hermano: No, digo porque no hay escritura. Le digo, porque el hermano… [ininteligible].

—Ricardo Flores: [Ininteligible] Le estoy diciendo, aquí está el rollo… y ¡Bufffff!, sonó. Entonces, yo volteé y me quedé atónito, nunca había visto antes. Les digo hermanos, yo nunca había tenido ningún tipo de visión. Entonces yo me regresé, me integré a la conversación y le digo: Hermanito —yo asustado, lógico, nunca he visto— le digo: He visto un rollo, desenrollado y que sonaba. ¿Ha escuchado? ¿Ha escuchado?… No hermano, —me dice.

[Risas]

—Ricardo Flores: Entonces… ¡A ver cómo es! Entonces yo empecé a contar cómo era, cómo había visto, totalmente impactado, impresionado. Así que terminó nuestra reunión ahí, esa noche, [ininteligible] todo era gradual. Regresamos otra vez. Y así es hermanos, por la gracia de nuestro Padre, no sé si haya algo más que tenga que contar en esta… Porque a veces me olvido yo…. 

[Se produce un corte]

—Ricardo Flores: Porque lo primero que empezamos a sacar es copias de los títulos a máquina. Entonces, yo tenía más o menos 200 títulos. Porque… no se podía copiar mucho, porque uno empezaba a copiar y ¡plam!, se venía el sueño. A ver otro [ininteligible] ¡No se avanzaba pues! Entonces, yo ya tenía más o menos 200 títulos y este hermano, Fonseca, era contador general de la [ininteligible], donde yo trabajaba, [ininteligible] hablaba perfectamente el inglés, que había sido contador en empresas de EEUU. y tenía esa facultad que le había dado nuestro divino Padre que, en las noches, al orar, siempre veía a nuestro divino Redentor, conversaba, pero, como Jesús de Nazaret. Entonces, y siempre, yo trataba de decirle al hermano de que, frente a quién estaba era nuestro divino Redentor. Pero era de cada uno su prueba. Entonces, yo le leía: ¡Mira!, le leía los títulos, pero el hermano, durante el tiempo que estuvo nuestro divino Redentor, no lo llegó a reconocer como encarnado de nuestro divino Maestro acá. Él siempre, todas las noches me contaba todas las experiencias, porque él conducía, en aquella época, a un grupo de niños en el día, y en la noche —y él trabajaba, era contador— y en la noche, en la madrugada, conducía a un grupo de hermanos médicos. Este hermano Fonseca dominaba el evangelio al revés y al derecho ¡Para qué! De gran conocimiento, pero no llegó a reconocer a nuestro divino Redentor. Entonces, el día que habíamos vuelto del sepelio y estaba, e íbamos a preparar los sanguches, el hermano Fonseca me dice: Hermano, está nuestro divino Redentor acá, —así me dijo— y va a haber un mensaje para usted. Ya hermano —le dije—. Yo agradecí mentalmente a nuestro Padre. Entonces le digo: ¿Y dónde está nuestro divino Redentor? Me dice: Está suspendido —me dice— en el aire. Está suspendido al costado de donde estaban los pasteles [ininteligible], acá estaban preparando los sanguches, y en este lado no había gente. Entonces: ¡Ahí! Y me dijo… —¿Cuál es el mensaje?— Me dijo. Se quedó callado, recibió el mensaje y me dijo: Ya se retiró. ¿Y cuál es el mensaje? Dice que a partir de hoy todo lo haga en el nombre del Padre, del Hijo y de nuestra divina Madre. Ese fue el primer mensaje, apenas habíamos cumplido con dejar su cuerpo y alma en el cementerio. La primera comunicación.


—Ricardo Flores: Entonces, de ahí comimos… Yo seguía totalmente turbado, deshecho, porque pensaba en la responsabilidad de la divina revelación y todo esto. Entonces, nos fuimos a trabajar, y al tercer día que había desencarnado nuestro divino Redentor, era más o menos la 1:30 a 2:00 de la tarde, subía por el ascensor —porque yo vivo en el séptimo piso— y al subir por el ascensor, machuco, y empieza a subir el ascensor. En eso viene, ya, a colores, la cara de nuestro divino Maestro. Se me acercaba… se me acercaba… y yo miraba su cara, igualita, todo igualito, pero lo que más me llamaba la atención era el color de sus ojos. Era de un celeste inigualable en los colores que conocemos como encarnados en este planeta. ¡Luz! ¡Luz celeste! Es una cosa indescriptible. Entonces su cara se me acercaba, se me acercaba… cuando ya se me acercó ya me dio miedo y terminó la visión.

—Hermano: Se cortó al visión.

—Ricardo Flores: Sí. Yo mismo la corté. Entonces, ya llegué a mi casa, almorcé. Otro golpe porque yo había visto antes en blanco y negro… Bueno, a todo color. Y los ojos de nuestro divino Redentor me había impactado tanto. Entonces, por ejemplo, ahora les estoy contando y es como si estuviera viendo ese celeste. ¡Pero no puedo describirlo porque no hay un color que se le parezca, que pueda decir!… Y todas estas experiencias, yo seguía en comunicación con los pequeños grupos de hermanos que se reunían siempre en la casa del hermano Córdova. Yo vivía todas mis experiencias, como de costumbre, a las 7 de la noche, y decía: Hermanos, hay esta comunicación, éstas son mis experiencias, sépanlo porque el que tiene boca que hable, no se puede uno guardar nada. Y siempre he tenido informados a todos los hermanos. Así qué, el que lo haga hoy día es también es cumplir con la misma función, seguir informándoles a los hermanos.

—Hermano: Usted mencionó que reconoció al divino Maestro, pero cómo fue, ¿cuándo lo escuchó hablar o así a simple vista nomás?

—Ricardo Flores: Así no. La hermana Susana, con quienes buscábamos, porque nosotros habíamos asistido… Nosotros manejábamos la Biblia, el Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento, pero buscamos en Lima algo que satisficiera nuestros espíritus, para lo cual hemos ido a diferentes templos esotéricos de Lima. Ninguno nos llenaba de satisfacción para podernos quedar.

—Hermano: ¿Con la hermana Susana?

—Ricardo Flores: Con la hermana Susana Rosas. Entonces, un día me dijo la hermana, me llamó por teléfono, me dice: ¡Hermano! Hay un hermano que me dicen que ha venido del extranjero y ha traído unos rollos, y va a haber una exposición el domingo a las 7:00 de la noche. ¿Y a dónde? No me han dicho, voy a buscar la dirección. Le digo: de todas maneras vamos. Yo asumí la responsabilidad. ¡Vamos! El día domingo la fui a recoger a la hermana a su casa, la recogí más o menos 6:30. Y no sabíamos la dirección. ¡Me han dicho que queda por Mauro Mina, por los Paujiles! Eso sí conocía. Nos vinimos en dirección en busca de Los Paujiles, pero no sabíamos nada, ¿dónde será pues? Así que, ¿algún indicio, hay algo…? Hasta que llegamos, dando vueltas por ahí, entramos por Las Palomas, una cosa que le dicen Las Palomas. No, ¡Los Halcones!, y vimos una cola de carros. Me dice: ¿Aquí será? ¡Para, para! Paré, nos estacionamos y nos dirigimos: ¿A cuál de las casas? ¿Esta debe ser…? Ya era por intuición. Llegamos a la casa y tocamos la puerta. Salió una señora: Señora, ¿aquí hay una reunión? ¡Sí!, ¿quiere pasar? ¡pasen! Nos abrieron la puerta y ya estábamos adentro. Cuando entramos había un montón de gente. Un montón de gente y un salón largo, acá había un pupitre y nuestro divino Redentor estaba en el pupitre solo, nadie lo acompañaba, solo. Cuando ingresamos la gente estaba apiñada. Entonces, empezamos a escuchar. El que había tomado la palabra en ese momento era el hermano Recuenco. No sé si ustedes habrán oído hablar pero en los divinos rollos está. [Nota: En los 302 rollos disponibles solo aparece el nombre de un doctor: el doctor Barrara de Tacna]. El hermano Recuenco, para su conocimiento, es de profesión médico. En esos tiempos no lo conocía, primera vez, ni sabía cómo se llamaba. Entonces le decía: ¡¡Usted me puede decir!!… Pero en una forma como que lo increpaba a nuestro divino Redentor. ¡¡Usted me puede decir cuántas reencarnaciones tengo!! Pero así, en una forma áspera, descortés [ininteligible] y nuestro divino Redentor no le contestó. ¡¡Y cuántas!! ¡¡Dígame!! ¡¡Dígame!! Le exigía, lo presionaba. No le contestaba, lo miraba nomás. Entonces le dice: ¡¡Si usted no sabe, entonces yo le tengo que decir!! ¡¡Yo tengo siete reencarnaciones!!… Yo hermanos, yo no sabía nada en ese momento, yo solo escuchaba con la hermana Susana, ahí estábamos sacando el pescuezo entre toda la gente para mirar. Después le dijo: ¡¡Si usted no me puede decir cuántas reencarnaciones tengo, pues dígame!!, a ver, ¡¡Cuál es el número de la placa de mi carro que está estacionado abajo!! Pero así, en una forma totalmente descortés, áspera, aguda. Nosotros [ininteligible] ¿quién será este? Ni sabíamos que se apellidaba Recuenco. Nuestro divino Redentor tampoco le contestó. Lo miraba nomás, tranquilo y paciente, así. Entonces, le dijo: ¡¡Si usted no me ha podido contestar cuántas reencarnaciones tengo ni el número de la placa de mi carro, dígame, por último, ya!! ¡¡Quién es usted!! Pero así, bien faltoso. Entonces, ahí sí contestó nuestro divino Redentor, le dijo, en un término muy suave, le dijo: Hermano, Yo soy el que Soy… Con lo cual terminó la reunión, un murmullo de gente empezó a salir. Pero cuando Él dijo: Yo soy el que Soy —estábamos justo la hermana Susana y el que habla— ahí lo reconocimos, porque nosotros ya conocíamos La Biblia, ya habíamos leído. Entonces, Yo soy el que Soy ¿Quién se va a atrever? Entonces, nosotros dijimos: ¡Estamos frente al divino Enviado! ¿qué hacemos? ¿esperamos a hablar con Él? Entonces, salió todo el público, nuestro divino Redentor salió del pupitre, se puso a caminar contento. Entonces nos acercamos a Él, le pedimos mil disculpas, por lo que había dicho este hermano, y le expresamos que nosotros sí teníamos interés de conocer lo que Él había traído. Me dijo: Hermano, he traído los Rollos del Cordero, ¿y cuándo quieren venir? Nosotros: Mañana —le dijimos— mañana estamos aquí. ¿A qué hora? Usted diga la hora… ¿Cinco de la tarde? ¡Cinco de la tarde! Al día siguiente, cinco de la tarde estábamos tocando la puerta, ingresamos a esta casa, de Los Halcones, nos atendió otra vez una señora que salió, preguntamos por el señor Luis Antonio Soto Romero y nos hizo pasar la señora. Cuando ingresamos, esperamos, cuando en eso salió nuestro divino Redentor: ¡¡Hola, hermano!!… De frente: ¡¡Hola, hermano!! Ya como si nos hubiera conocido un montón de tiempo, y nosotros también a Él. Hasta ahí iba todo muy bien. Así que: ¿Quieren los rollos? —Ya—, ok. Entonces sacó una manta de lana, más grande que los rollos, la puso en el piso de parquet que hay en la casa y empezó a mostrarnos rollo a rollo, y nos explicaba. A medida que nos explicaba, nosotros… Yo soy chico, pero ya me sentía más chico que la cabeza de un alfiler, y mi cabeza era como ¡Boom!, como si un torbellino hubiera entrado, no sabía ni… Nos quedamos anonadados de tanta sabiduría, de tantos dibujos que veíamos, pero no dábamos ni para atrás ni para adelante. Entonces terminó la exposición —seguro nuestro divino Redentor vio el impacto que habíamos recibido de la divina revelación— y entonces dijo: Hermano —serían como las 7 de la noche— ¿Van a volver otro día? Sí hermano, mañana estamos acá, mañana. Salimos pues de ahí, tanto la hermana Susana como yo nos agarrábamos la cabeza, y yo pensé que se me iba a desintegrar en pedazos, porque estábamos como si no pisáramos suelo… Nosotros nos contábamos las experiencias [ininteligible] así, así… subimos al auto, nos sentamos hasta serenarnos, tranquilizarnos un poco y después, lo único que nuestro comentario era que no sabíamos qué nos había pasado. Yo me siento minimizado [ininteligible] más chico que un grano de arena, no sé. Y Él igualito. ¿Y volvemos mañana? ¡Sí, volvemos mañana pues para ver cómo es! Al día siguiente regresamos y empezó ya la divina enseñanza. Nos empezó a explicar, a explicar, a explicar. Y de ahí lo seguimos hasta que desencarnó.

—Hermano: ¿Usted ha podido leer los rollos? ¿Leía los rollos?

—Ricardo Flores: No hermano. En esa época nuestro divino Redentor los extendía y nos explicaba. Es lo mismo que esto (explica un minirollo): Esto es una nave, esto es así, esto es la luz… Nos explicaba, nosotros no sabíamos nada. Usted tiene que ponerse en una posición, hace 20 años atrás, que no había inquietud de nada, porque la gente no buscaba nada, habíamos asistido a una conferencia donde habíamos visto [ininteligible] y nosotros, de repente nos encontramos frente a los rollos —no a los minirollos sino a los rollos— y empezó la explicación de una ciencia nueva totalmente para nosotros. Entonces, poco a poco es que fuimos aprendiendo, por de labios de nuestro divino Maestro, no era leyendo los rollos. Por eso es que todos los días íbamos a las 7 de la noche, lo sacábamos al refrigerio, y mientras caminábamos, esto nos iba enseñando (señala un minirollo). Y esta enseñanza era desde las 7 de la noche hasta las 10:30 – 10:45 de la noche, todos los días. Con excepción del día sábado, que yo no iba, en razón de que tenía que comprar los alimentos para mi casa para poder estar la otra semana a su lado. Y así fue durante los 3 años largos que nuestro divino Redentor habitó en nuestra ciudad de Lima.

—Hermano: Hermanito, una experiencia que le pasó a usted. Usted creo, allá en la casa del hermano Antonio, llegó a subir arriba, al cuarto donde estaba alojado. Creo que Él estaba viendo televisión, creo, una película, ¿qué dijo más o menos? ¿a ver cuente?

—Ricardo Flores: Ah, esa de… Los poros se van a quejar de ese hermano. Sí, nuestro divino Redentor estaba echado en su cama. Estaba —digamos— ésta es la habitación, su cama estaba en este lado. Acá había una mesa donde había un televisor, blanco y negro —en esa época no había a colores— y todas sus cosas, su material de afeitar y todo lo que Él usaba. Entonces, Él estaba mirando la televisión y yo estaba conversando con Él, cuando en eso entró esa parte del box. Entonces, es ahí donde dijo: Los poros de ese hermano se van a quejar en el juicio.

—Hermano: Los poros se van a quejar en el juicio…

—Hermano: Hermano, el hermano Córdova dice que él en estos momentos tiene como 4000 rollos. El Enviado dice que —en la entrevista que le hace uno de los periódicos, hasta el año 76— escribió 4000 rollos, habiendo enviado hasta esa fecha 2000 rollos al Tíbet, otros 300 rollos a la Extensión Espiritual de Santiago, y en una parte de la doctrina dice que en el Perú sale la más grande Revelación. ¿Más o menos cuántos rollos en total habría acá en el Perú, contando con todos los títulos?


—Ricardo Flores: Mire hermano, le voy a decir. Nunca yo pregunté a nuestro divino Redentor cuántos rollos tenía. Esas preguntas han venido del extranjero, en esas grabaciones que hay en cassettes. Pero, les voy a decir. Los rollos, cuando nuestro divino Redentor llegó a Perú, no vinieron todos con Él. Lo que yo les voy a decir es la versión de la verdad, no les puedo decir: hay tantos. Entonces, conmigo trabajaba en la empresa un hermano biólogo, el doctor Felipe Díaz, casado con una chilena en Santiago. Y todos los años iba de vacaciones y siempre me decía: ¡Vacaciones! Y siempre me fastidiaba, me pedía vacaciones justo en enero cuando teníamos que hacer los balances (risas). Entonces me dijo: me voy. Ya nuestro divino Redentor estaba acá. Entonces, yo me acerqué donde nuestro divino Maestro y le dije: Hermanito —le digo— hay un hermano de nombre y apellido Felipe Díaz que se va de vacaciones a Santiago más o menos por 25 días —hay que contar los días que va y viene— y, ¿necesita algo? Sí —me dijo—, ¿me puede traer unos rollos? Lo compromete usted. Entonces, nuestro divino Redentor escribió una nota, la puso en un sobre —yo no sé qué escribió, porque yo no estoy para abrir ni enterarme de las cosas de nuestro divino Maestro—, entonces, esa misma carta fui y se la entregué a Felipe Díaz. Felipe Díaz viajó a Santiago, me dice que le costó un triunfo poder cumplir con el encargo porque no ubicaba la dirección, pero que al fin la dio, la encontró. Entonces, a la entrega de ese documento, firmado por nuestro divino Maestro, entonces le entregaron unos rollos enormes. Porque hay más grandes de los que se escribían acá, porque antes escribía… Hay unos que están en cartulina. Y ahí vino un grupo bastante importante de rollos. O sea, vinieron de Chile. Pero no vinieron todos, porque en Chile habían en otras ciudades también.

—Hermano: ¿Habían en otras ciudades?

—Ricardo Flores: Sí, en Arica. Entonces, hermanos que habían —por disposición de nuestro divino Padre— habían llevado al Vaticano, también habían llegado a la India. Entonces, en ningún momento nuestro divino Redentor… Además, Él todos los días escribía uno. Si hoy día le preguntaba cuántos hay mañana habían más. Así que, exactamente yo no le puedo decir lo que dice el hermano Córdova. Puede ser que los tenga…

—Hermano: En el cassette dice que cada día nace un rollo.

—Hermano: Hermano, usted recuerda cuando la doctrina dice que del Perú sale la más grande revelación. ¿Usted recuerda algunos comentarios en ese sentido de parte del hermano Luis?

—Ricardo Flores: Le voy a decir que, cuando Él estaba acá —usted sabe en 3 años y medio tantas conversaciones han habido…

—Hermano: Por ejemplo, alguno de los casos…

—Ricardo Flores: Le voy a responder después de eso. Por ejemplo, cuando salíamos en el auto, que caminábamos, cuando me explicaba sobre la televisión solar, me decía: Hermano, este carro se va a ver en el juicio final, porque muchos hermanos van a decir que yo no estaba en Lima, entonces Yo voy a decir: Televisión Solar. Entonces en ese momento va a aparecer este auto…

—Hermano: ¿Su carro?

—Ricardo Flores: Sí. Era un carro Fiat azul.

—Hermano: Cómo le decía, ¿ese carro se va a ver en el juicio final?

—Ricardo Flores: Sí. En la televisión solar, en el juicio final… Se va a ver en la televisión solar y en el juicio final. Ahí se van a ver todas estas cosas. Entonces, nuestro divino Maestro iba… —digamos—, así como se explica en la divina revelación, usted ve que nuestro divino Padre está hablando y de repente pasa a otro [tema], y pasa con una facilidad increíble. Era igual.

—Hermano: No recuerda más o menos un contexto de la…

—Ricardo Flores: Le puedo decir —porque estoy atando cabos para decirle— mire: Nuestro divino Redentor siempre decía que de todo el planeta Tierra se iban a movilizar en busca de la divina revelación, porque todos los espíritus pensarán salvar su alma. Así es que todos tendrán que venir en busca de la divina revelación.

—Hermano: Al Perú.

—Hermano: Pero ¿a dónde hermano, al Perú?, básicamente ¿acá?

—Ricardo Flores: ¿Dónde está la divina revelación hermano?

—Hermano: Porque viene de Chile para acá…

—Ricardo Flores: No, no, no. Ya en Chile ya no habría nada, y Él estaba acá radicado en Perú. Ya nuestro divino Maestro tenía 3 años y pico acá.


—Hermano: Entonces lo que se menciona, de que hay diferentes cantidades de rollos por diferentes partes del mundo. También creo que en esas partes del mundo pueden buscar esos rollos, pueden saber algo, ¿o necesariamente van a tener que venir para acá?

—Ricardo Flores: Le voy a decir hermano, la revelación va a salir de acá, porque de acá hay que traducirlo a otros idiomas. Fíjese, vea. Usted ve que en el Vaticano hasta hoy día no hacen nada, ni harán. La roca religiosa va a terminar, va a seguir hasta las finales nuestro divino Redentor acá en Lima y va a seguir pidiendo, va a seguir pidiendo pruebas. Por eso es que hoy día me iba a dedicar y había sacado este cuaderno para empezar a anotar todas las partes del Antiguo Testamento, del Nuevo Testamento…

—Hermano: ¿Y cómo le había dicho?, que en el juicio van a decir que no… ¿Cómo dijo?, ¿que muchos van a decir que no estuvo acá en Lima?

—Ricardo Flores: Sí pues, van a pedir pruebas. Entonces hay que empezar a preparar los [ininteligible].

—Hermano: Hermano, disculpe. Ha llegado recién hace, me parece que el año pasado, en el mes de diciembre, por intermedio de terceras personas, los hermanos de Tacna, que van a visitar Arica, y los hermanos de Arica, la familia Thenoux, donde estuvo el Enviado, dicen que hay rollos ahorita en Santiago y que están publicando también libros.

—Ricardo Flores: Puede ser. Pero yo si les digo hermanos, que de Santiago vinieron acá varios rollos.

—Hermano: Pero ¿usted dice no todos?

—Ricardo Flores: Mire. Yo no le podría decir porque nuestro divino Redentor, cuando yo le dije que, si necesitaba algo para Santiago, Él me dijo sí, y escribió una carta, y la carta se la llevó y vinieron los rollos, ingresaron a Perú, dijeron que me preguntaba el hermano si esos fueron a engrosar los del hermano Córdova, y los que están en manos del hermano Córdova y los que se escribieron allá, todos están… [ininteligible].

—Hermano: Hermano, hay muchas versiones de eso, de que hay en Chile, pero hasta ahora nadie… Ni uno solo. Hay bastantes versiones, pero ni uno solo.

—Hermano: Muchas cosas se hablan…

—Hermano: Ni uno solo. Como justo acá, como dicen, lo estoy viendo, ¿y quién lo trae, siquiera algo? una muestra, aunque sea. ¡Nada!

—Ricardo Flores: Lo que yo les puedo decir hermano es cierto, y es más. Ustedes saben que cuando dos o más se reúnen en nombre de nuestro Padre nuestro divino Redentor está presente, que no lo podamos ver no quiere decir que no está presente, porque donde está la divina Revelación está Él. Así que, y este relato con mayor razón, si me ha permitido vivir tres años y medio a su lado, cómo puedo decir mentiras sabiendo que tengo juicio. Ni hablar. Yo por eso, lo que sé se lo puedo contar. O como también, una noche que nosotros ya nos habíamos instalado acá en Chorrillos —no en esta misma casa sino en otra casa— una noche regresábamos con la hermana Flora, que está ahí presente, porque la facilidad es esta: Yo puedo dar testimonio, y de mí también pueden dar testimonio. ¿Se da cuenta hermano? O sea, yo puedo mentir, pero hay otras personas que dan testimonio y me pueden decir que yo soy un mentiroso, porque yo estoy citando, dentro de mi conversación, a las personas que han estado a mi lado, y ustedes pueden referenciarme lo que digo con ellas. Entonces, estábamos una noche, en la casa aquí en Chorrillos, y nos retirábamos siempre a las 9:30 de la noche, porque nosotros, desde el mismo momento en que ya, no se cumplió con las disposiciones de nuestro divino Padre, nosotros empezamos a trabajar con los minirollos, a publicar, a difundir la divina revelación. En aquella época no había, como hoy día, no había offset, lo máximo que había era mimeógrafo. Entonces, nosotros tecleábamos en stencil y las primeras publicaciones se hicieron en mimiógrafo, a mano, y ahí está la hermana (Flora Torres). La hermana salía con 700, 800 ó 500 folletos, mínimo 500 folletos diarios, y salía a repartir a todos los conos de Lima. O sea, que la divina revelación, en Lima, hermano, para su conocimiento, ha sido difundida hasta la saciedad, muchísimos años atrás. Y sino, le cedo la palabra a la hermana, que ella fue, ella vive, ella puede dar su testimonio más claro.

—Flora Torres: Bien hermanos. Yo he tenido la dicha, y Dios me ha dado la fortaleza para sacar 500, 700, lo que más podía, me iba con un atado [ininteligible] salía a todas las calles, las he peinado. Aún más, cuando nosotros recién comenzábamos a hacer la difusión de la divina Revelación, no sabía. Entonces se metía en carta, se metía por las casas, así, para repartir. Entonces dije: ¡No puede ser! Así que yo oré al Padre y le dije que no era posible, que había casas vacías, que cómo podíamos hacer la difusión. Entonces, en sueños Él me enseñó un callejón oscuro, y de ahí había un caño donde se llevó un lavatorio, un lavatorio que había, agarré agua, y con esa agua regaba, tenía que ir cruzando así (hace ademán de salpicar agua a derecha e izquierda). Y le conté al hermano, y el hermano me dijo: Ese es el Padre que te enseña, hermana, cómo tienes que ir, tienes que ir… [Fin de la grabación]