Entrevista a Olinda Córdova


Lima, 21 de noviembre del 2025

Por Luis Paúl (Perú)

Bendito y alabado sea el divino Padre, gracias infinitas por concedernos un día más de vida. Hermano, recordando la divina ciencia, las divinas experiencias con el divino Maestro, Él siempre nos decía que la divina ciencia se debe expandir como un reguero de pólvora por todo el planeta Tierra, y la Ciencia Celeste, la divina Escritura Telepática, brillará de Oriente a Occidente como un faro de luz. Eso es lo que debemos hacer hermano.

Las experiencias fueron maravillosas, únicas, como digo, volver a ver, a sentir, a pensar en aquellos tiempos me remonta, hermano, a una época tan maravillosa, tan única para mí, ya que yo vengo de un hogar bastante difícil, humilde, y que siempre —como dice—, siempre anhelaba salir de ese lugar, irme lejos, encontrar un camino más espiritual. Y así, Dios me lo concedió porque desde niña tenía unos sueños bastante significativos, y cuando estaba en Lima también he tenido bastantes sueños, bastantes experiencias que no me podía explicar, pero con la llegada del Hijo de Dios si tuve —como dice—, respuesta a todos y cada uno de aquellos sueños que tenía. Eran sueños que me hacían pensar, me hacían meditar, me hacían razonar, y a veces tenía visiones, a veces tenía apariciones, a veces tenía mensajes de mente a mente, y he tenido bastantes cosas, hermano, que no me podía explicar. Pero ya, conversando con el Hijo de Dios, Él me decía que todas esas experiencias son para hacernos avanzar, evolucionar, perfeccionarnos, buscar. Y es allí, en todos esos sueños que yo le contaba al hermanito, el Hijo de Dios, me dijo que yo me tenía que saber el Salmo 23 de memoria. Y así lo aprendí, y aún en mis sueños oraba el Salmo 23. Para mí el Salmo 23 es como un himno para mi vida, para mí, para mi espíritu, porque el mismo Hijo de Dios me concedió esa experiencia. Y por eso, hermano, que yo estoy muy agradecida, muy maravillada con esas experiencias que tuve con el Hijo de Dios que son inolvidables, son mágicos, son para mí, para mí son únicos en este mundo, en esta existencia, en este cuerpo que yo tengo y nunca me olvidaré. El hijo de Dios era humilde, sencillo. Como le digo, no tenía esos detalles de querer algo mejor, algo grande, pedir, reclamar, protestar, no. Él era humilde, todo cuanto se le concedía podíamos compartir con Él, estaba siempre agradecido a Dios.

Salmo 23 (Versión Reina-Valera 1960)


Bueno, en este caso, los desayunos mayormente hacíamos café con leche, y la avena con algunas frutas, como decir piña, manzana… Que económicamente también éramos nosotros bastante, bastante limitados. Bueno, los niños envueltos yo lo hacía… Como hacer la papa rellena, solamente que no incluía la carne, por cierto, pero el aderezo lo hacía casi lo mismo, le echaba aceitunas, le echaba pasas y huevo, o a veces también queso, y así lo hacía los niños envueltos. Y el poroto es lo que acá llamamos frejoles, seco con frejoles. Después el resto, un locro de zapallo, una lentejita, ensaladas, una tortilla, eso es lo que se hacía.

En cuanto a la herida del costado que tenía, nos contaba también que era a pedido de los doctores, que por esa herida le iban a reconocer que Él era el Hijo de Dios, pero llegó al hospital para cumplir esa prueba, ese pedido de los médicos, y no, no dieron. Esa herida —nos explicaba Él—, que era cuando el romano con la lanza hirió su costado. Eso pidieron, más que todo, los médicos para reconocerlo, pero no lo hicieron, cayeron en su prueba como todos hemos caído. Pero sí, les llamaba la atención toda la contextura que Él tenía, todo su esqueleto humano, porque estaba como fuera de un gigante. Ellos no podían entender.

Imagen de soldado romano con lanza


Bueno, así fue las pruebas y en esas pruebas pasó duras experiencias, una lucha a brazo partido con las tinieblas, porque en esas pruebas, cuando Él estaba así, un poco débil, ahí se presentaban los faraones del tiempo antiguo para hacerlo caer y hacerlo desistir de su misión. Pero siempre le hablábamos, le acompañábamos en las noches para ver qué necesitaba. Fue duro para mí porque no sabía nada de medicina, y tenía también mis hijos pequeños, tenía que atenderlos a ellos, llevarlos al colegio, limpiar la casa, cocinar, lavar, ir al mercado. Fue bastante, bastante trabajo, un trabajito bastante fuertecito. Pero bueno, ahora me parece que eso y mucho más podría haber hecho, tratándose de Él, de la persona que estaba a nuestro lado.

Tantas cosas que se vivieron, hermano, son tres años que hemos vivido, hemos compartido los alimentos. Él era una persona muy activa, si no estaba escribiendo, estaba atendiendo a los hermanos. Si no estaba en eso, iba a hacer sus trámites a la embajada. Y si no estaba en eso, estaba escribiendo los divinos rollos, estaba coloreando los divinos rollos, estaba recibiendo los títulos de los divinos rollos, el dictado telepático era a cada instante. Se levantaba temprano, hacía sus ejercicios, tomaba su desayuno. Si tenía que salir era bien puntual, eso sí.

Bueno, también he tenido experiencia con los platillos voladores, he visto varias figuras dentro de la casa. Y bueno, cuando yo le contaba, estando acá los divinos rollos, es así, hermano, porque los divinos rollos son cuidados y vigilados por Él.